2 dic. 2014

El Club Zenobia comenta "Intemperie" de Jesús Carrasco




“Intemperie narra la huida de un niño a través de un país castigado por la sequía y gobernado por la violencia. Un mundo cerrado, sin nombres ni fechas, en el que la moral ha escapado por el mismo sumidero por el que se ha ido el agua. En ese escenario, el niño, aún no del todo malogrado, tendrá la oportunidad de iniciarse en los dolorosos rudimentos del juicio o, por el contrario, de ejercer para siempre la violencia que ha mamado”.

Así sintetiza la editorial Seix Barral el contenido de esta ópera prima del autor extremeño Jesús Carrasco, publicada bajo su sello.

El club Zenobia asistió, casi en pleno, para comentarla, las lectoras confiesan previamente que han disfrutado de su lectura. Bienvenida, la mayor del grupo, criada en el campo como dice ella, opina- tras contarnos con detalle un accidente doméstico que sufrió el mes pasado con una fregona-, que le ha parecido muy real y que ella misma ha conocido en el entorno de su infancia historias de niños que han sufrido abusos, malos tratos y persecuciones.

Las palabras que más se repiten en una ronda de comentarios iniciales son: aprendizaje, miedo, angustia, superación, valentía…

Efectivamente, llegamos a la conclusión de que nos encontrábamos ante una historia de iniciación de un niño, un duro camino de aprendizaje para huir de la muerte y de la violencia brutal a la que estaba sometido.
“Para sobrevivir hay que tomar decisiones, no quedarse quieto y moverse”, comentaba una de las mujeres de este club.

En el camino de aprendizaje para la vida, el niño encuentra la figura del maestro en el cabrero, un anciano fuerte y callado, tan callado que podría parecer duro e insensible, de él aprende tareas de supervivencia: ordeñar a las cabras, buscar agua limpia, refugiarse a la sombra, desollar animales.

Aurora, quien había traído cañas caseras rellenas de crema para celebrar su cumpleaños, comentaba que en su aldea gallega de origen y en otras que la rodeaban, podría haberse dado perfectamente un caso similar al narrado, que en la España de postguerra eran situaciones mucho más frecuentes que ahora y a colación de aquello recordamos “Los santos inocentes” de Delibes  y el poema “El niño yuntero” de Hernández.

“La lectura de esta obra me ha causado dolor”, comentaba otra lectora, “he sufrido por el niño y he quedado impresionada por una tierra tan hostil”.

El paisaje y el lenguaje son dos herramientas de las que se vale el autor para hacernos sentir, territorios inhóspitos sin agua ni sombra, lenguaje del campo estudiado minuciosamente por el autor en el proceso de creación de la novela, todo ello nos sitúa de lleno en la historia, no cómo espectadores, sino como invitados de primera fila en la misma trama. Por ello llegamos a sentir también angustia, suciedad, sed y miedo.

Otra lectora nos habla de la parte espiritual que ha sabido ver en la figura del cabrero al que considera un enviado,  y de un Dios presente que “por un rato aflojaba la tuerca de su tormento”.
Hablamos también de la dignidad humana que no precisa de artificios ni bienes y se manifiesta en las acciones de un ser como el cabrero, un personaje que no se prodiga en abrazos ni muestras de cariño,  que no tiene nada, sólo su vida, y que acaba entregándola para salvar a otro ser humano.
La reunión fue larga y la disfrutamos mucho.
La próxima cita será el 9 de diciembre para comentar: “Los buscadores de conchas” de Rosamund Pilcher .


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